Tu lo sabes, yo lo se, ¿ellos lo saben?

Por Francisco N. Ferrón


Desde los mismos confines de la inquisición, el Estado se organizó para reprimir o retirar de la competencia determinados individuos que, o se oponían a las políticas públicas o eran por algún motivo en particular indeseados para los gobernantes.

Cuenta Foucault -en su celebre libro Vigilar y Castigar- que las cárceles como instituciones receptoras o contenedoras de personas –como consecuencia de una sanción- son algo relativamente reciente en la evolución de la humanidad. Aunque hoy en día la custodia de esas personas privadas de [su] libertad es algo accesorio para resocializar esas almas “perdidas”, que socialmente son consideradas indeseables.

Sin embargo, observando la realidad, parece que es necesario continuar gastando poco y nada en instituciones que más que perturbar personas no hacen, aunque se podría decir que el único beneficio que tienen es el de albergar dentro de ellas un cúmulo inimaginable de individuos “débiles de moral”, olvidados sociales, excluidos de la mayoría de sus derechos como personas, insatisfechos en sus necesidades mas elementales, para -por el otro lado- proteger a la otra parte de la sociedad que se encuentra fuera de las mismas.

Es interesante imaginar cuantas cosas se podrían hacer en vez de privar de [su] derecho a la libertad a personas que -por más que pueda pesar- son descartados sociales.

El excluido social no importa, sólo me interesa una vez que interfirió en mi vida causándome un perjuicio, y como no lo pienso tolerar, intento alejar de mi todo lo que tenga que ver con él. Ese que antes no era nadie en mi vida y –que tampoco me interesaba- ahora es un delincuente que no deseo ni que respire. Él me causo un mal, y por eso quiero que sufra, que pase el resto de su vida sufriendo y pensando todo el mal que me hizo y le hizo a la sociedad. Ya no me interesa otra cosa que no sea verlo sufrir el resto de su vida, y si puede ser más tiempo mejor, que también sufra en el infierno si es que existe, pero por las dudas que sufra en la tierra lo suficiente como para que yo quede satisfecho de haberle inflingido bastante mal como para que se acuerde siempre del mal que él hizo.

Llamativo pero cierto. Ésta es la simple finalidad que tienen hoy en día las cárceles, hacer sufrir a una persona que hizo sufrir a otra u otros. No tiene más ciencia que esa, por eso, considero necesario contrastar la realidad con los dogmáticos que confunden diciendo que la finalidad de la pena privativa de la libertad es la de resocializar al delincuente. Eso es mentira, no socializas o resocializas a una persona enseñándole a vivir [la] libertad privándola de ella. Es contradictorio enseñar a hacer algo no permitiéndoselo hacer.

La realidad demuestra que las personas que entran en las cárceles no salen resocializadas, salen peor. Acumulan el remordimiento de sentir durante muchos años el mal inflingido por la Justicia a causa de su acto socialmente disvalioso. Pero aceptando que la violencia sólo genera más violencia, y siendo la principal la que el Estado imparte con la falta de distribución equitativa de la riqueza, de la falta de políticas de integración social, de generación de empleo, educación, etc., no puede esperarse que quienes son –en primer lugar- violentados, posteriormente actúen sin violencia. (¿Más papista que el papa?)

Entonces, creo que es tiempo de recapacitar y darnos cuenta que la solución no viene por el lado de aumentar las penas, o crear más cárceles. Viene por el lado de diseñar una sociedad más equitativa, donde no exista la necesidad de ir a cometer delitos, donde cada uno respete al otro por una cuestión de principios y no por una imposición coactiva, donde la violencia no sea ejercida día a día por el Estado, o que un niño de 3 años tenga que salir a pedir monedas para ayudar a sus padres.

Si somos un poquito observadores, vamos a poder entender que tanto el hombre como la sociedad, son parte de una realidad violenta. Naturalmente la violencia es utilizada como un medio para conseguir determinados fines, pero lo que nos diferencia de una sociedad civilizada y de una no tanto, es la dosificación en el tiempo de impartir violencia.

Por eso, procurar disminuir la violencia –en cualquier ámbito-, es algo por lo cual todos deberíamos luchar, siempre y cuando tengamos intenciones de vivir en una sociedad relativamente civilizada, en miras al bien común, a la paz y al progreso de la humanidad en su conjunto.